Los Sueños se Escriben con S de Señales

 


Cecilia trabajaba siempre muy duro. Era adicta al trabajo. No podía estar sin hacer nada, sentía una necesidad interna de actividad perenne. Si le dieran un premio sería la de la ‘workaholic’ del mes, y se lo darían los doce meses del año entero. Eso, en su trabajo. Y si mencionamos en casa, en su vida personal, podemos decir que optó por eliminar de su vida cualquier distracción social, cualquier tiempo de ocio y descanso. La última siesta que tomó fue cuando tenía diez años, y fue porque llegó tarde a casa por la fiesta familiar de año nuevo.

Su mente no paraba nunca, quizás solo cuando dormía por la noche. Seis o cinco horas de sueño eran suficientes para ella. Cuando viajaba en metro hasta su trabajo, su atención se enfocaba en su celular; en su oficina, casi no se levantaba de su silla, y no paraba de teclear en su computadora; en casa, cuando llegaba, siempre ponía la lavadora, cocinaba algo, y siempre llevaba cerca su telefóno o tableta, donde contestaba correos, o adelantaba los informes que debía entregar al día siguiente a sus jefes. Cecilia era una empleada pública del Ministerio de Relaciones Exteriores. Lo que su padre siempre soñó. Pero no lo que ella quería. Sus sueños habían muerto el día en que su padre falleció y le hizo prometer que ella cumpliría en vida todos los sueños que él no pudo realizar. Pero el sueño de Cecilia era viajar por el mundo, en tren, en barco, en avión... le gustaba la fotografía y desde pequeña se imaginaba viajando como corresponsal de National Geographic.

Una mañana amaneció con un fuerte dolor de cabeza. Estaba sorprendida y un poco molesta porque se había quedado dormida, no había escuchado la alarma y había dormido más horas de lo normal.

Se tomó un vaso de café sin azúcar con un ibuprofeno, y partió a la estación del metro. Cuando subió al vagón se sintió un poco mareada, pero se sentó en uno de los asientos al lado de la ventana. En ese mismo instante un hombre alto de cabello blanco, se sentó a su lado. Ella lo miró con el rabillo del ojo, mientras revisaba nerviosa la hora en el celular. Por primera vez llegaría tarde al trabajo. El hombre llevaba una maletín transparente y Cecilia pudo ver que llevaba varias revistas de National Geographic, volteó a mirarlo y vió que llevaba el logo también en su chamarra. Cecilia continuó mirándolo hasta que la fuerza de su mirada hizo que el hombre volteara a verla. La saludó.

- Buenos días joven.

Cecilia lo saludó moviendo su cabeza con un gesto.

- Parece que el viaje de hoy está siendo más largo ¿verdad? Le dijo el hombre con voz profunda.

- Sí. Le contestó Cecilia, miró su celular y se dio cuenta de que tenía la misma hora. Extrañada volteó hacia el hombre, el cuál ya tenía su celular en la mano indicándole que era la misma hora.

Pero ¿Cómo? ¿Se había detenido el tiempo acaso? pensó. El hombre guardó su celular en su maletín y le dijo: - Posiblemente sea una señal. El tiempo es muy relativo ¿sabes?

Cecilia lo miró extrañada, y justo en ese momento se dio cuenta de que en el vagón solo iban ellos dos viajando.

- Es tiempo de que hagas un cambio, y de que por una vez en tu vida hagas lo que te gusta. ¿No te parece? Continuó el hombre mientras se levantaba de su asiento y caminaba hacia una de las puertas. En ese momento el metro se detuvo, abrió sus puertas y salió no sin antes despedirse de Cecilia con una sonrisa.

En ese momento Cecilia abrió los ojos. Estaba acostada en su cama. Volteó a mirar el reloj en su mesita de noche y vio que eran las 6:30 am y luego las 6:31 am. El tiempo corría y ella no pensaba desaprovecharlo. Se duchó, vistió, tomó su café y se dirigió a la estación del metro. Cuando caminaba hacia la fila del vagón, vio a lo lejos al mismo hombre alto de cabello blanco, esta vez iba vestido con traje y maletín negro, pero su rostro estaba más demacrado. Cecilia volteó a todos lados por si no había algo más extraño parecido al sueño de la noche anterior, pero al subir al vagón se percató de que el hombre estaba a su lado y la llevaba del brazo. Se le acercó al oído y le susurró: - Te dimos una oportunidad y decidiste seguir con lo mismo... ¡ahora, vendrás con nosotros!

Cecilia despertó asustada y se paró en la ventana. ¿Qué estaba pasando? ¿No entendía nada? Volteó a mirar el reloj en su mesita de noche, y se asustó al verse a sí misma en la cama. Un grupo de forenses estaba en su cuarto, tomaban fotografías y conversaban entre ellos. Se asustó aún más al ver que uno de ellos era el hombre alto de cabello blanco.

- El exceso de trabajo te jode, mira cómo terminas. Y diciendo esto, el hombre levanta la mirada y la clava en Cecilia; al mismo tiempo sus compañeros forenses levantan su cuerpo y traspasan su alma como si de un fantasama se tratase.

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