Matemáticas Ancestrales
Siempre quise hacer un árbol genealógico, en grande, como un cuadro, en alguna de las paredes de la casa. Tenía veintitantos años cuando le mencioné la idea a mi mamá, y me contestó: - ¡Chévere! vamos a echarle pichón. Ella siempre es de las echadas pa’ lante con cualquier proyecto o idea que le mencione. Mi papá fue sincero y me dijo: - Es que somos un bojote. ¿Estás segura que quieres hacerlo? Me bastaron un par de horas para rendirme y darle la razón. Yo solo quería hacerle un homenaje a los antepasados, esa era la intención.
Para yo haber nacido, necesité, no solo a dos padres y cuatro abuelos; sino también a ocho bisabuelos, dieciseis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos... y me quedo sin aire si continúo haciendo las matemáticas ancestrales. En fin, si es de antepasados, podría decirse que tenemos que juega garrote, como dice mi mamá. Del lado paterno casi no los conozco, o no me acuerdo. Y del lado materno, sí los conozco, pero también son muchos.
Son familias que inicialmente provenían del campo, del llano y que poco a poco se fueron moviendo a las otras ciudades del país, a las ciudades más grandes, donde el bululú de gente te lleva de aquí para allá, diría mi papá.
Pasaron los meses y la fiebre del árbol genealógico, pero un día se me acercó mi mamá y me preguntó si no iba a terminar la guarandinga que estaba haciendo sobre la familia. Me reí y le contesté que prefería escribir sobre ellos, pero no en detalle, con nombres y apellidos; porque la lista es interminable... sino más bien en general. Verán, mi familia principal es de siete miembros: dos padres y cinco hermanas. Prefería partir de allí. El número siete siempre ha sido mi favorito. Pero las familias crecen, se expanden, y hasta ahora somos diez, aunque posiblemente se sumen tres más, haciendo un total de trece. Eso sin contar a los perros. Aunque a mi papá no le gustaba mencionarlos al principio como miembros de la familia. Recuerdo que dijo: - ¡Vacié! ¡Aquí mascotas no!
Pero ese mismo año, se rindió a sus encantos.Ahora es su nieto perruno, le guarda comida para dársela a escondidas, y hasta en la foto navideña sale vestido con un lazo especial.
Las navidades son las fechas favoritas de toda la familia. Es cuando nos reunimos en casa y armamos un bochinche. Bueno, casi siempre que coincidimos, sin importar las fechas, hacemos un relajo. Las risas nunca faltan y eso me gusta; aunque una que otra vez terminemos a moco suelto, recordando a los que ya no están entre nosotros.
Otra cosa que no puede faltar en nuestras reuniones familiares, es la música. A juro tenemos que tener cornetas a toda mecha y también turnarnos el puesto de DJ; de esta manera escuchamos un poco de todos los géneros y ritmos variados... Los adornos de la casa los hace mi mamá, los adornos y detalles del nacimiento los hace mi papá, y la comida la hacemos entre hermanas y el cuñado. Mis sobrinos se encargan de hacer las galletas. Al principio uno de ellos lo hacía a la machimberra, pero era porque no tenía motivación. ¡Ah! pero una vez que se hornearon y las probó, volvió a hacer más y esa segunda vez si le salieron de buena calidad.
Seguimos con nuestras tradiciones aún después que emigramos, aunque ya nos hemos adaptado un poco a las costumbres y fiestas de este país. La casa de mi hermana mayor queda a pata e’ mingo de la nuestra, y es aquí donde nos juntamos todos, para los cumpleaños, los no cumpleaños, los aniversarios, y las fiestas decembrinas.
Este año me propuse dejar de manguarear y terminar de escribir mi primer libro, mi proyecto más personal; donde mi familia es la principal fuente de motivación e inspiración. Porque palante es pa’ allá y no hay quien me pare.
Comentarios
Publicar un comentario