El Punto Final

 


Él le había enviado un mensaje a su celular. Eran las once de la noche cuando recibió aquel: ‘Te amo’ tan repentino. Su mente estaba confusa pero su corazón había acelerado sus latidos. No sabía qué responder, sus dedos estaban tentados a escribir pero los minutos pasaban y entonces recibió otro mensaje de él.

‘Vamos a vernos mañana a las 8:00 pm en el café que tanto te gusta... Te espero ahí’.

Su corazón seguía latiendo tan fuerte que podía escucharlo como si lo tuviese afuera, al lado, en uno de sus oídos. Su mente sabía muy bien que no debía responder, que no debía seguir con aquel juego, ‘no hay tiempo para ilusiones’ - su voz interna le repetía una y otra vez.

Pero... Sí, hay un pero.

Sus dedos temblorosos activaron el teclado en la pantalla del celular y después de quince minutos, le respondió con un emoji de cara feliz.

Al día siguiente amaneció enferma, sentía un dolor extraño en el cuerpo, sin embargo, a las ocho en punto de la noche llegó en su auto y se estacionó cerca del café. Bajó la ventanilla y no lo vió por ningún lado. Se podía escuchar la melodía de I Guess That’s Why They Called it Blues de Elton John, como fondo musical proveniente del café. No quiso bajarse, decidió esperar allí dentro de su auto. Estaba acostumbrada a esperar, así que en su auto siempre llevaba libros, snacks, libretas y lapiceras. Decidió escribir, escribir lo que sentía, lo que quería decir pero no podía. Se valía de su buena vista y del farol de la calle. Tomó lápiz y una de sus libretas y comenzó a escribir un par de líneas. Miró el celular y habían pasado diez minutos. Una pareja caminaba por la acera mientras conversaban sobre la fiesta a la que habían sido invitados: - ¿Te vas a poner ese vestido para la fiesta? - ¡No tengo más! ¿Me vas a comprar otro?, le contestó ella mientras pasaron por un lado del auto y continuaron su camino. Ella los vió alejarse por el retrovisor. Volvió a mirar la hora. Miró hacia el café pero no lo veía por ningún lado. El dolor en su cuerpo se acentuaba. Pero con cada puntazo de dolor que recibía, ella se aferraba aún más a su lápiz como si de una varita mágica se tratase. El sudor corría por su frente mientras escuchaba cada trazo del grafito pasar por las líneas de la libreta.

Estaba nublado, encerrada en su auto, sola, sentía y escribía.

El dolor como cada emoción le ayudaba a sacar su yo más profundo. Era como gritar pero en papel.

Volteó a mirar hacia el café y vio a una niña entrar de la mano de sus padres: - ¡Quiero mi malteada de Oreo! decía la niña, mientras sus padres trataban de calmarla sentándose en unas de las mesas de afuera. Una mesera se acercó a ellos y les dio el menú, mientras ambos coversaban en voz baja entre ellos.

Ella solo pensó que no era buena idea darle dulce a una niña a esas horas. Miró una vez más la pantalla del celular. No había mensajes. Las 8:45 pm, aún ni una gota de lluvia de aquellas nubes condensadas, pero sí, una que otra brisa que soplaban lentamente haciendo mover las hojas de los árboles cercanos. Suspiró, se secó el sudor de la frente y terminó de escribir su sentir en la hoja de su libreta. Al poner el punto final, ya se sentía mejor.

El dolor se había ido, aunque sabía que posiblemente regresaría a ella en algún momento... y más, después de haber tomado aquella decisión. Pero confiaba en que su mano dirigiendo su varita de grafito haría trascender cualquier emoción o sentimiento. Cerró la libreta y la tiró en el asiento de atrás. Miró el celular, marcaba las 9:08 pm y no había ni un mensaje. Buscó en los contactos, buscó el nombre de él y sin dudarlo lo eliminó. Se escuchaba Hopelessly Devoted to You de Olivia Newton John en el Café, cerró la ventanilla, encendió su auto y partió. Algunas gotas de lluvia comenzaron a caer. Y él nunca llegó.

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