León

En mi país, cuando alguien pasa por un momento difícil, dicen que la persona tiene que 'matar un león por día'. Pero decidí que no quería ser un asesino de leones, sino convertirme en uno.

Desde pequeño siempre supe que quería dedicarme al fútbol. La pasión por el balompié la heredé de mi padre. Soy el menor de seis hermanos, y soy el único al que le gusta el deporte. Empecé jugando caimaneras en las calles de mi barrio, con amigos, vecinos, niños que se acercaban o pasaban de visita por esas calles. Sudábamos, reíamos cuando ganábamos, y llorábamos cuando perdíamos o cuando nuestros padres nos llamaban para regresar a casa porque anochecía.

Con ellos intercambiaba figuritas de nuestros jugadores favoritos, apostábamos los fines de semana y los que perdieran debían brindar al resto, la merienda: una empanada con una botellita de malta. Mi sueño era jugar con la selección nacional, pero también jugar en un club de renombre, en mi club favorito.

En mi país, el fútbol no era un deporte que apoyaran mucho. El deporte nacional es el béisbol y los que queríamos destacar en otro, debíamos sudarnos no solo la camiseta, sino también muchas cosas más... Para no entrar en detalles.

Lo cierto es que sudé en cantidades, y por ello llegué a jugar en un equipo de la primera división de España. Me costó llegar ahí, pero estaba logrando de a poco, ser lo que quería ser. Mi familia siempre me apoyó, ellos eran mi motivació, y también lo eran mis paisanos. Pasaron muchos años y aún no se concretaba algo definido en mi país. Llegué a ser convocado por ellos, pero nunca hubo un proyecto en concreto. Nos faltaba motivación. Era lo que pensaba. La selección no veía la luz. Y muchos de mis compañeros simplemente renunciaban a mitad de camino. Eso me deprimió por unos años, no les voy a mentir. Pero ese corazón de León seguía latiendo en mí. Los años pasaron, se acercaba la fecha de mi retiro en canchas, y aunque me sentía nostálgico por dejar de jugar, una nueva llama ardía... Porque como decía mi padre en cualquier situación: "Estar listo no es un sentimiento, es una decisión."

Así que decidí prepararme para entrenar a la selección nacional.

Para ello tuve que regatear muchos obstáculos; por meses, incluso años, tuve que pasar por algo que ningún atleta, amante del deporte, querría pasar. Algunos me apoyaban, otros me odiaban y estaban los peores: los que decían apoyarte pero apenas te volteabas, te clavaban los puñales hasta verte desangrar. Para mí, esa época fue más difícil que cuando era un simple jugador en aquella liga europea.

Hasta que finalmente llegó el día. Había logrado aquello que me había propuesto, me presentaron como director técnico de mi país. Trabajé con los muchachos por cinco años seguidos, sin parar ni un día. Me tocó rugir y gambetear hasta llegar a dónde estamos hoy. Clasificados a nuestro primer Mundial de Fútbol. Una emoción que gritaba en los corazones de cada persona de mi país. Nunca habia visto y sentido tanta emoción, que hasta en el aire se respiraba.

El día en que mis padres vieron la rueda de prensa, leyeron el primer titular con aquella noticia; ese día, fue en el que finalmente me convertí en el León que siempre quise ser.

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