Imán de Perros
¿Se acuerdan del cuento del Flautista de Hamelin? Ese que con su flauta, su música, llamaba a todas las ratas que infectaban un pueblo y se los llevó a un río, liberando a ese lugar de aquella plaga... Pues este cuento no es que sea igual, pero se asemeja en algunas cosas.
Verán, después de muchos años con fobia a los perros, me volví un amante de los peluditos de cuatro patas. No necesité terapia ni nada de eso, simplemente un día me curé, así de la nada. Y entonces creció en mí, un deseo por tener un refugio para perritos de la calle. Me había mudado a un lugar donde por cada habitante había al menos, tres perritos vagando por la calle. De vez en cuando apoyaba en campañas de desparasitación y esterilización, pero eso no era suficiente. En mi bolso siempre llevaba un termo de agua, una bolsita con croquetas, un sobre de carnita o un trozo de pan; porque allá donde fuera, si me conseguía a un perrito me acercaba para darle de comer o darle agua. Sobre todo en temporada de verano, donde sufrían por el sol y el calor del asfalto caliente.
Un día, saliendo del trabajo, caminaba hacia la parada de autobuses para ir a casa y me consigo con una imagen conmovedora. Un señor de edad avanzada pero de aspecto físico atlético, caminaba con tres perros atados a unas correas, traía un aura hipnotizante, tanto así, que otros tres perros que por ahí vagaban, se les sumaron en su caminata e iban detrás de él, como siguiendo a un maestro. - ¿A dónde irán? Pensé. Por un momento dudé en seguirlos o de preguntarle a aquel señor cómo hacia o qué hacía con aquellos peludos. Pero en ese momento, mi autobús llegó y me fui a casa.
Al día siguiente, a la misma hora, el señor pasó con los seis perros y se le sumaron dos más.
Esta vez no dudé, y caminé hasta él. Le toqué el hombro con respeto y me percato de que el señor tiene sus pupilas blancas. Me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa tímidamente. Le pregunto: - ¿Vive por aquí cerca? ¿Necesita ayuda con algo? El señor me contesta: - Gracias mijo, pero no. Aquí voy, mis ángeles me acompañan.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Le sonreí. Uno de los perros me lamió la mano y el señor me devolvió la sonrisa y siguió su camino. Esperé unos minutos y lo seguí despacio con algunos metros de distancia. Llegó a un lugar que imaginé era su casa, tenía un gran patio, donde los perros llegaron a jugar entre ellos, mientras el señor con la parsimonia que distingue a los de su edad, les servía agua y comida. El señor se percató de mi presencia allí en la reja de su hogar y me invitó a pasar, diciéndome: - Mucha gente me critica, pero prefiero que todos estos perros estén aquí conmigo y me hagan compañía antes de que estén en la calle pasando trabajo. ¿Usted qué haría? Me preguntó, pero continuó hablando: - Podré no ver, pero siento aquí - se señaló el pecho. Ellos vienen solitos hacia mí, y nos hacemos mutuamente compañía, antes de que me toque partir de este mundo.
¿Le gustaría quedarse más tiempo para conversar? ¿Toma café o prefiere un agua de jamaica?
Le sonreí y le acepté la invitación.
Ese día, el señor se había convertido también en un maestro de vida para mí. Al partir, después de un par de años, me quedé a cargo de sus perros, y su casa la estoy convirtiendo en el santuario/refugio que siempre ha sido.
📝Cuento escrito por Yudaniely Maluenga, basado en la consigna #3: De la Foto al Cuento, del Mundial de Escritura 2026.
📷 Foto tomada por: Yojana Maluenga.


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