Como nube cargada de agua

 Esa tarde, en mitad de la celebración del cumpleaños de mi jefe, entré al baño de aquél restaurante. Como cosa rara, no puedo estar en un lugar sin ir a su baño. Además, creo que me cayó mal ese plato de ensalada César y esa marquesa de chocolate. 

Entré a un cubículo rápidamente sin percatarme de que hubiese papel; metí la mano en la cartera y vi que solo llevaba conmigo un trocito. Limpié rápido el asiento con ese pequeño trozo y me senté. El baño estaba decente, limpio, pero desde pequeña tenía esa manía de limpiar antes de sentarme. Ya después me preocuparía por la otra limpieza, pensé. Reí bajo, - ¡Vaya suerte la mía! me dije, mientras sudaba frío. En ese momento, escuché que alguien más había entrado al baño, justo al lado de mi, y al cerrar su puerta, la escuché sollozar.

- Esperaré un ratico para preguntarle si tiene papel. Pensé.

El dolor de estómago ya se estaba calmando. Me daba pena interrumpirla, pero no veía otra solución. Así que, aclaré mi garganta y le dije:

- Disculpa... Hice una pausa. ¿Allí al lado tienes papel?

La mujer bajó la intensidad de su llanto y sin decir una palabra, me pasó por debajo del cubículo, el rollo entero.

- Gracias. Le dije titubeante.

Lo usé rápidamente, bajé el agua del váter, bajé la tapa y me senté. Le pregunté:

- ¿Te lo regreso?

Hubo un silencio. Me quedé un rato esperando su respuesta, y después de un minuto, la mujer que aún sollozaba, extendió su mano por debajo del cubículo y me dio a entender que sí lo necesitaba de regreso. Le entregué el rollo de papel, y enseguida se sacudió la nariz. 

Yo solo me quedé allí sentada, entre preocupada y curiosa. 

- ¿Todo bien? Le pregunté.

Sin pensar que aquella mujer a la cuál no conocía su rostro, o nombre, abriría sus sentimientos ante mí como si estuviese en un confesionario.

- Es que le acabo de decir a mi hermana un secreto que llevaba guardado desde hace mucho tiempo.

Guardé silencio. Y ella continuó.

- Hace quince años fui violada y debido a esa violación quedé embarazada. Yo nunca lo supe, hasta que dos meses después, me atropellaron cruzando la calle, y al llegar al hospital me dijeron que lo había perdido. 

Mi cabeza estaba procesando toda aquella información. - ¡Qué fuerte! pensé. No sabía qué decir, mi boca se abrió porque sentía que debía decirle algo, pero mi mente no procesaba las palabras adecuadas. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Estaba entendiendo todo su dolor en aquel sollozo de hace rato. 

- Es un dolor que llevaba en el pecho desde hace mucho y ahora que lo conté... 

Hizo una pausa. Y continuó.

- Me siento como nube cargada de agua. Las lágrimas no paran de salir.

- ¿Tu hermana sigue allá afuera? le pregunté.

Y entre sollozos me contestó: - Se fué apenas le conté. Ella no vive aquí, vino a visitarme por mi cumpleaños y yo pensé que ya era momento de contarle... pero en vez de seguirla, entré aquí a llorar lo que no había llorado en todos estos años. 

- ¿Son muy unidas?

- Es mi única hermana, imagínate. 

- Supongo que ella también tiene mucho que procesar. Le dije, sin pensarlo mucho.

- Lo sé. Nada es fácil en esta vida ¿verdad?

Sonreí y asentí.

Le contesté: - Nada. Pero eso nos hace guerreros y valientes. Todos llevamos una historia detrás, y continuamos escribiéndola día a día. Tomamos decisiones, nos caemos, nos levantamos, lloramos, reímos, amamos y odiamos. Aprendemos. Mira nada más este momento: nunca pensé que la comida me caería tan mal ni que se me acabaría el papel; pero entraste aquí y me ayudaste. 

La mujer rió. 

- Y te hice reir. Le dije rápidamente. Hubo una pausa silenciosa.

- No te conozco, pero me atrevo a decir que eres valiente. Sigues aquí por una razón, y quizás... te han pasado cosas malas, pero te han dado oportunidades. Así que vive. Hazlo con intensidad y sigue intentándolo siempre. Exprésate cuando tengas que hacerlo, llora y ríe cuando te provoque, aprovecha cada momento.

La mujer se levantó y salió del cubículo. Yo también. 

- Déjame lavarme las manos y te doy un abrazo, ¿vale? le dije.

Ambas reímos. 

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