La Vida Fluye como las Nubes en el Cielo

Todo comenzó después de la pandemia del COVID 19.

Creo que muchas personas iniciaron de cero después de ese año, renacieron o se replantearon muchas cosas; ya sea a nivel personal o profesional. Lo cierto es, que después de haber migrado a un nuevo país, y de pasar desde mi niñez por muchas situaciones, le había perdido el miedo a muchas cosas, a la incertidumbre, a lo desconocido. Lo de empezar una nueva historia, ya me la sabía. Incluso, hasta me emocionaba.

Cuando llegué a México lo que hice fue trabajar y trabajar; había deudas que pagar y un techo que mantener, así que la palabra descanso o vacaciones ni se mencionaba o contemplaba.

Así pasaron cuatro años, trabajando de 8 de la mañana a 6 de la tarde; de Lunes a Sábado; como un ritual.

Hasta que llegó el año de la pandemia y entre tantas emociones, situaciones y crisis; y después de haber leído ‘Mi año de descanso y relajación’ de Ottessa Moshfegh en el club de lectura virtual que tenía con mis amigos, decidí renunciar a mi trabajo y comenzar a trabajar de manera independiente. Un camino que podía tornarse muy difícil, pero que valía la pena intentar. 

Lo de levantarse temprano para comer deprisa el desayuno, sin poder disfrutar de una buena taza de café, para luego correr hasta llegar a una oficina, ya no existía para mí. Dejé de usar alarmas, podía desayunar en calma junto a mi perro, hacer sobremesa mientras leía algún libro o las noticias. Incluso había comenzado a fijarme menos en el reloj.

La oficina improvisada estaba en el comedor de mi casa, y cuando mi vista se cansaba debido a la luz del ordenador o cuando la espalda y las piernas se cansaban de tanto estar sentada, simplemente me levantaba a caminar por la casa o salía a jugar con mi perro.

Lo de romper con el ritual impuesto por una sociedad acostumbrada a vivir corriendo; a ofrecerle, no solo tiempo de tu vida, sino también, tu energía a situaciones y compañías que al final te ven como uno más... me cayó muy bien. Vivir como un alma libre, era y sigue siendo la meta.

No fue fácil, aún no lo es.

Pero sentirse a gusto con lo que sientes, piensas y lo que crees, es un estilo de vida que recomiendo llevar. En estos últimos años, he sonreído mucho, y aunque tengo mis bajones de vez en cuando, me lo estoy pasando bien.

A mi padre siempre le gustó la palabra ‘estable’ para la vida. Pero esa palabra para mí no significa nada. Nada.

En mis treinta y tantos años de vida nada había sido estable. Y después de aquel año me di cuenta de que nada en la vida lo es.

Todo es cambio. Repentino o no. La vida fluye. Así como el río, el mar o las nubes en el cielo. Y lo más importante para mí, además de vivir un día a la vez, y de haberle quitado el pie un poco al acelerador; era y es: ser feliz. Si algo o alguien no me brinda paz, felicidad, calma... simplemente lo debo dejar a un lado. Poner aún más en práctica la honestidad y sinceridad, también fue y sigue siendo importante. 

Tomar esa decisión, vivir ese estilo de vida, haberme ‘desviado’ del camino que mi padre y la sociedad siempre han estado acostumbrados a transitar, me hizo ser feliz. Me hizo ser quién soy el día de hoy.

Despertarme a la hora que el cuerpo lo pide, poder acompañar a mi perro en cada momento de su vida, trabajar desde casa, leer más libros, tener tiempo para escribir, para regar las plantas, o cuidar del jardín, comer comida preparada por mí en la cocina, y no recalentar en microondas para comer frente al escritorio; todo esto y más, es lo que hace que valore esta manera de existir que ahora llevo. Estas nuevas costumbres me gustan más que las anteriores.

Porque al fin y al cabo, abandonar un viejo ritual, romper con algo que ya no vibra contigo; le abre paso a lo nuevo, nos libera, transforma y aviva.

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